Seiche La Mollusca (IV)

05/02/2021 Desactivado Por Anna Val

Caminé ligera bordeando el luminoso y siempre poético Sena. En su manso caudal se reflejaba la sombra de mi silueta; mi eterna compañera, guardiana de mi vida, siempre atenta, silenciosa y como de costumbre, cobijada en un discreto segundo plano. Me apetecía abrazarla para agradecerle tanta fidelidad.

Aquella conversación con mi imaginación se vio interrumpida al divisar la elegante plaza de los Vosgos, indicativo de que cada vez estaba más cerca del barrio de Marais. Sus coloridas y concurridas callejuelas asomaban tímidamente cuando, repentinamente, vi en la terraza de un bullicioso café, el perfil de una figura humana sentada alrededor de una pequeña mesa y que no me era del todo desconocida. Estaba segura de quien se trataba, pero no tenía la total certeza, por ello, fui aproximándome, lentamente, mientras mis ojos iban fotografiando al sujeto en cuestión para que mi mente procesara algún parecido razonable en la oscura cámara del recuerdo y me revelara, sin fisura alguna, su identidad. Pero mis pisadas, a pesar de la contaminación acústica causada por los ruidosos transeúntes, me delataron.

 

El hombre se giró de manera brusca, entonces, mi cerebro estampó contra las paredes internas de mi cráneo la identificación de aquel presunto desconocido sexagenario y de poco pelo, cuyo nombre respondía a: ¡Emeric Latás!

Nos dedicamos un afectuoso saludo bajo las intrusivas e inquisidoras miradas de un par de cacatúas bebedoras de té, y sin poder evitar pensar en lo salvaje que podía resultar el paso del tiempo nos contemplamos en silencio, sabiendo que no era necesario reprocharnos nada… Éramos dos seres complejos que supimos tejer, con inteligencia, un verdadero vínculo afectivo alejado de los frívolos e innecesarios protocolos, los cuales carecen de todo fundamento. La simplicidad en la vida, en cualquiera de sus ámbitos, contiene una fuerza indestructible, sobre todo, cuando en nuestro caso, compartimos un verano y unas cuantas estaciones más…

Me senté muy cerca de él, me encantaba ponerle nervioso y que sus mejillas adquirieran un tono rosado mientras apretaba sus labios para impedirles que esbozaran una sonrisa. Entonces, me preguntó: – ¿Lo de siempre? –Naturalmente- respondí.

E indicándole al camarero con un chasquido de sus dedos las instrucciones precisas, éste nos sirvió dos copas heladas de un sabroso vino blanco.

Estuvimos un buen rato hablando de todo un poco, entre risas y complicidades y algún que otro roce de pierna por mi parte hasta que nos centramos en el momento presente, haciéndole partícipe de que aquella misma tarde yo debía coger un tren que me trasladaría a la ciudad natal de Tolouse-Lautrec; Albi, para realizar un reportaje sobre el artista, pero tenía un grave problema: sin fotógrafo no hay fotos, y no disponía del tiempo necesario para buscar a un profesional.

Emeric, como era de esperar, resolvió con luminosa sencillez el tan enmarañado inconveniente que llevaba molestándome de manera impertinente desde hacía unos cuantos días…

-Estoy seguro que Fulbert te prestará su cámara fotográfica y tú misma podrás ejecutar el trabajo gráfico. Recuerdo que se te daba muy bien la fotografía –sonrió.

Aquellas palabras sondearon mis oídos como una revelación.

Me levanté, le di un prolongado beso y cogiéndole de la mano, marchamos hacia el estudio de Teló.

De Claudia no hablamos para nada… No era necesario complicar las cosas, sobre todo porque no sabía de qué me conocía…

Continuará…


Anna Val.