Tres Sombras Chinas y Una Rata (II)

16/05/2024 Desactivado Por Anna Val

Para salir airosa de aquella situación fui hilando en mi cabeza, a lo largo del recorrido, una siniestra trama de forzosa desaparición. Un plan perfecto, del que estaba segura convencería, y contentaría, a tan ilustres personalidades…

Al cabo de unas horas, me encontré conduciendo por un camino rural algo húmedo y un tanto pedregoso, por cuya vadera habitaban, serpenteando, libres y felices, una concurrida y variopinta población floral.  Aquellas alcahuetas flores que, a mi paso, me miraban con pícara curiosidad, bisbiseaban junto a un grupo de excitadas mariposas, a las que, la calmada brisa cosquilleaba con suave despreocupación. A causa de aquel cosquilleo, expulsaron sobre mí, un centelleante polen dorado que me hizo estornudar.

Un tanto alejado de aquel vado se encontraba el río Wey, que seguía bordeando con empeño el largo sendero, ocultando, con terca obstinación, entre las entrañas de su caudaloso fondo, un extenso lecho de arena que cubría con enmascarado disimulo, una desmedida extensión de semillas de oro. Todo aquel paisaje tan atrayente y vistoso y que me tenía totalmente abstraída debido a su característica belleza, tenía un nombre propio: Guildford.

Satisfecha y sumida en un bucólico estado de dicha al contemplar aquella vista panorámica que parecía sacada de una postal de época, de repente, y sin esperarlo, ¡choqué contra algo…! Se trataba de una radiante oveja que me miró horrorizada y de muy malas maneras y que escapó, atravesando un campo cercano a una granja y a la pata coja.

«¡Caramba!», exclamé algo aturdida. Pues aquel accidentado atropello no estaba para nada previsto. Entonces, bajé del automóvil y pude comprobar que una de las ruedas había quedado irremediablemente inutilizada al resultar doblada y hundida entre el lodo.

En aquel momento, no tuve otra opción, y al igual que lo hizo la oveja lisiada, atravesé aquel trozo de campiña para pedir ayuda a algún lugareño para poder llegar cuanto antes a la ciudad. Pues el tozudo «tictac» empezaba a correr en mi contra…

Exploré aquella granja con bastante desagrado, y entonces encontré a un mofletudo granjero que andaba entretenido alimentando a un grupo de fornidos cerdos. Parecía muy tranquilo, y deduje que, tal vez, a la oveja, no le habría dado tiempo todavía de contarle a su dueño que yo la había atropellado. Seguramente, estaría escondida por algún hermético lugar de la anchurosa pradera.

Desde la distancia, y cubriéndome el rostro con un pañuelo para que no penetrara aquel olor animal dentro de mis fosas nasales, realicé pequeños gritos de atención hacia el granjero. Este, giró su cuello sorprendido sin comprender que hacía yo, en su propiedad.

Le expliqué, con mucho acento londinense, que me había extraviado. Le expliqué, también, que tenía un compromiso muy importante en la ciudad y que precisaba de su ayuda. Por supuesto, nada le dije de mi siniestro, ni tampoco hice mención alguna sobre mi Morris Cowley, ya que no podía correr el riesgo de ser identificada. Entonces, el hombretón me miró y, sin mediar palabra, fue en busca de su tractor. Luego, me hizo una indicación con la mano para que me subiera en él. Algo, a lo que yo, en un principio, me negué en rotundo. Finalmente, y sintiéndome acorralada por aquellas nefastas circunstancias, no tuve más remedio que aceptar con desesperada resignación, recorrer Guildford, subida en aquel artefacto, manchada de barro y emanando un insoportable hedor a estiércol.

Continuará…