Ruinas Roks City (VI)

29/06/2023 Desactivado Por Anna Val

Nos colamos de manera violenta en el interior de aquel artefacto de transporte vertical y descendimos los tres pisos mientras yo seguía observando de manera obsesiva mi calzado para asegurarme de que no quedaba en él ningún rastro de aquellas bestezuelas degeneradas cuyo vicio era el de picotear la carne ajena.  Por fortuna, todo parecía indicar que me había librado de ellas; de las hormigas, ¡las hormigas okupas…!

Ganada la batalla y, habiendo escapado de la esperpéntica habitación, nuevamente reaparecimos en la recepción, para abroncar, en esta ocasión, a un joven recepcionista de semblante despistado y, al cual, abordamos sin ningún tipo de contemplación. Este, confuso por oír nuestro quejoso relato, tuvo la ocurrencia de querer mostrarnos un nuevo habitáculo ubicado en el primer piso y que solo lo reservaban, según nos dijo, a huéspedes especiales.

«¡Huéspedes especiales!”, exclamé en silencio. Aquella expresión resonó dentro de mi cabeza de manera inquietante poniendo en alerta mis pensamientos…

«Ese trio de perturbados; la vieja, coleta de gorrino, y el joven de rostro extraviado, tenían un plan para deshacerse de nosotras… Seguramente nos catapultarían en aquella habitación de la que jamás podríamos escapar y, después de quedar exhaustas a causa de gritarle a la nada un auxilio que jamás llegaría…, ¡enloqueceríamos esperando a la muerte rodeadas por un grupo de hormigas vengativas!»

¡Necesitaba huir de allí! Y sin ningún tipo de remordimiento, salí al exterior dejando sola a Ariadne en aquella recepción. Entonces corrí en dirección a la playa para dejarme calmar por el agua del mar. Paso a paso, y pisada a pisada, mis pies fueron rozando la arena de la playa. Con prudente discreción, ellos me encaminaron hacia la orilla para iniciar un juego cómplice y delicado con el espumoso oleaje. Mi angustia, la que sentía en aquel instante, y que me apretaba como una tortuosa punzada, fue saliendo de mi cuerpo lentamente, muy lentamente; igual que un sueño olvidado… Después, con un sigilo suicida, se dejó caer con fuerza dentro de las profundas y ocultas corrientes del océano…

Una extraña placidez liberadora se adueñó de mi voluntad y, de entre las aguas, emergió una dama de tez muy blanca que me miraba. «¿¡Quién eres!?», le preguntó una gaviota muy mal intencionada.  «Una dama cansada», le respondió el viento y añadió: «Una dama cansada por tener que guardar atronadores secretos. Y, a pesar de todo, ella siempre nos observa en ruidoso silencio… Un silencio eterno que permanece atrapado entre los espinosos laberintos del tiempo…» Luego, desapareció…

En aquel momento noté como una mano se posaba sobre mi hombro, al girarme, vi que se trataba de Ariadne. No quise comentarle nada de lo que acababa de ocurrir porque no todo debe ser compartido. Hay situaciones, o circunstancias, que deben ser atesoradas en nuestro recuerdo.

-Ya podemos irnos –me dijo. He encontrado un buen hotel en el centro de la ciudad. Ah, por cierto, la exclusiva habitación que nos ofrecían como alternativa, decirte que sus paredes estaban esculpidas por un extenso y sospechoso líquido orgánico humano.

Embriagada todavía por la enigmática imagen de la dama del mar, evité realizar ningún tipo de comentario sobre el terrenal descubrimiento de Ariadne, y nos dirigimos, sin decirnos nada, hacia el encuentro de un nuevo taxi amigo que nos llevaría, desgraciadamente, a un céntrico y lujoso hotel en el centro de la ciudad y bastante alejado del mar.

Al llegar, el espléndido edificio no nos defraudó, y entramos en su fastuosa puerta giratoria, en la que, casualmente, mi maleta quedó atascada. A causa de este caprichoso accidente, el eje central dejó de funcionar, y quedé atrapada en su interior, exactamente igual que un ratón de laboratorio. Pero, afortunadamente, fui rescatada por un eficiente y bien uniformado empleado, el cual, facilitó, que yo pudiera salir exitosa de aquella ridícula situación.

Pasado un buen rato, y ya sumergida entre las sábanas del confortable colchón, empecé a notar un dolor que aplastaba mi pecho. «¡Dios mío, esto es un infarto!», pensé muy angustiada e intenté mantener la calma, pero el dolor era cada vez más agudo. «¡No, no se me pasa por la imaginación terminar el día infartada, no!», me dije a mi misma.

Entonces empecé a respirar con serenidad, recordando la visión que había tenido aquella tarde, y recé para que no fuera una señal del más allá… ¡No, no quería convertirme de repente, en un alma errante!

Milagrosamente el dolor fue remitiendo hasta desaparecer, y me quedé profundamente dormida. A la mañana siguiente y después de desayunar de manera generosa, tomé una sabia decisión: asesinar al pasado y coger el primer avión con destino a París para descansar en mi hogar. Una luminosa y confortable bohardilla ubicada en un modesto edificio de tres plantas situado en el bulevar Saint-Germain, para seguir compartiendo mi existencia junto a mi amiga Marguerite y un joven escritor de Montevideo, que vivía obsesionado, desde hacía algún tiempo, en averiguar el verdadero significado del estilo literario.

FIN


Anna Val.