La anciana del moño gris (VIII)

09/07/2026 Desactivado Por Anna Val

Aanya, al finalizar aquella desgarradora biografía, volvió la cabeza para mirar la fotografía de Auréli, era una mirada hondamente compasiva…

Yo, que todavía permanecía en una especie de éxtasis emocional por todo lo que Aanya me había narrado, de repente, me asaltó una pregunta: «Pero, Aanya, ¿por qué sigue colgado el retrato de ese pequeño y malvado asesino de Cédric? No lo comprendo…», le pregunté muy extrañada.

Su respuesta fue de una bondad muy compasiva: «Mi querida madame. Ese niño no tuvo la culpa de ser como era, nació con esa locura, y, a pesar de todo, Auréli no descuidó de darle su maternal amor a su hijo todos los días. Solo por eso debemos respetar su voluntad y darle el espacio que ella siempre quiso darle. Todas las noches le rezamos a Shiva y le pedimos que les conceda a ellos la paz y la felicidad que no encontraron en esta vida terrenal…»

 

Le di un fuerte abrazo a Aanya y le dije: «Jamás había conocido a dos personas tan bondadosas y sabias como ustedes dos…» Entonces, ella me miró y sonriendo me dijo: «¡Escriba esta historia, corra, no pierda tiempo!»

El corazón se me aceleró, dentro de mi cabeza entró aquel oxigeno tan deseado llamado inspiración, y, por fin, la creatividad volvió con una gran fuerza huracanada.

Subí las escaleras que conducían a mi habitación brincando por los peldaños mientras le decía a Aanya en voz muy alta: «¡Aanya, que nadie me interrumpa bajo ningún concepto durante unos días y, por favor, dejen cada día en el pasillo una bandeja con comida y agua! ¡¡Gracias!!»

Entré en mi dormitorio y cerré con pestillo, luego, cogí mi portátil y empecé a escribir mi nueva novela, perdiendo por completo la noción del tiempo… Escribí de manera frenética y sin parar hasta que pude poner, en el último párrafo de aquella historia, esa palabra tan deseada y tan codiciada… ¡¡Fin!!

 

Cuando la vi escrita, di un hondo y profundo suspiro de felicidad y me dejé caer sobre la cama vencida por el cansancio, pero con la satisfacción de haber realizado un maravilloso trabajo. Mi nueva novela estaba preparada para ser publicada, pero algo dentro de mi corazón me decía que ni mi editor, ni ninguna otra garrapata, merecía tener aquella bella obra entre sus sucias manos, y mucho menos de beneficiarse económicamente de mi sudor, mi esfuerzo y sobreesfuerzo. Yo misma la editaría. ¡Sería la autora, mi propia editora y mi propia representante! ¡¡Bravísimo!! Si, ¡¡bravísimo!!

Entonces se me ocurrió un plan un tanto retorcido pero muy conveniente; era el momento de presentarle a Mauirice a la persona por la que tanta curiosidad había sentido durante años: «¡¡Killer!!»  

En mis labios había dibujada una siniestra sonrisa y fui en busca de Aadí para hacerle partícipe de mi vengativo plan y que, para ello, necesitaba de su ayuda. Al cabo de unos días, cuando ya tenía impreso el primer ejemplar de mi novela a la que puse por título: «Una vida triste, muy triste, verdaderamente triste.», y que dediqué a mis queridos amigos Aanya y Aadi, me dirigí al despacho del psicópata de mi editor en compañía de Aadi. «Recuerda, tú no digas nada, tan solo sonríe.»

Entonces, entramos en aquel despacho como dos elefantes blancos. Aquel periquito de secretaria que pretendía impedirnos el paso, la dejé fuera de juego a causa de un voluntario y potente pisotón. Después, abrí aquella puerta de forma voraz y allí estaba, espachurrado sobre aquel sillón, el grasiento parasito literario.

«Hola Mauirice. Te presento a Killer, mi nuevo editor. Tenías muchas ganas de conocerle, ¿recuerdas…?», miró a Aadi con cara de incredulidad y espantado por su sonrisa. Después, le lancé de forma abrupta el ejemplar de la novela sobre la mesa, la cual rebotó sobre su gorda barriga. En aquel momento tan agitado, esbozó unas asustadizas palabras: «Hola Charlie… Yo…, yo…, me alegro de verte, pero, ¿¡qué dices de este hombre, él es killer, tu nuevo editor!? ¿¡Qué pasa con nuestro contrato!?» Me subí sobre su mesa de un salto, igual que una amenazadora gata a punto de arañarle aquella calva cabezota.

«Verás…, (¡maldito verás!) coge esa sucia hoja y tritúrala. ¡¡Eso a lo que tú llamas contrato y con el que te enriqueces a costa de mi esfuerzo, sudor y de pasar interminables malos ratos, esa hoja, extermínala, porque si no te rociaré con insecticida y morirás como un vulgar piojo!!» Cogí el ejemplar de la novela que le había arrojado y nos marchamos.

Al volver al hostal puse, mi novela sobre el bello anaquel junto con los demás libros. Me despedí de mis amigos prometiéndoles que pronto volvería. La novela fue un gran éxito convirtiéndose en una famosa obra de teatro. Mi creatividad no volvió a desaparecer jamás y nunca volví a saber de Maurice, al que apodé: ¡el piojo demente!

Aprendí una gran lección: la felicidad no depende de los demás, la felicidad está en nuestro interior y debemos visualizarla prestándole mucha atención, a pesar del vértigo que nos pueda producir el tener que tomar nuestras propias y valientes decisiones para abrir el camino que nos conduzca a ella, ¡no debemos tener miedo! Seamos los protagonistas de nuestra propia vida. Somos libres y tenemos la enorme capacidad para poder escribir nuestro propio destino, el nuestro y, ¡solo el nuestro!

FIN