La anciana del moño gris (II)
«¿Busca algo en concreto en la Rue Saint-Rustique, madame?», me preguntó de manera abrupta aquel taxista que insistía en mirarme a través de su retrovisor con aquellos asustadizos ojos de huevo.
– «Verá…», con aquel «verá», intentaba ganar tiempo en pensar en una respuesta que le abofeteara en toda la cara: «Verá…, la vida es un camino de incansable y desquiciante búsqueda hacía ningún lugar, pero, a pesar de este razonamiento, yo, le hago la siguiente pregunta: ¿no reza usted nunca?», con cara de espantado, aquel hombre me respondió sin dejar de mirar por el retrovisor de su taxi: «Yo…, yo soy ateo, por eso jamás rezo, ¿comprende madame?», le solté una cínica sonrisilla para amedrentarle un poco más.
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«Ya…, pues verá… -nuevamente repetí aquel asesino «verá»- es usted un cotilla y un mal educado por preguntarle a una extraña el «por qué» de su destino al que, a usted, no le importa nada, señor ateo. ¡Ah!, y aprovecho el momento para decirle que el ser ateo es un gran acto de fe, pues creer en la nada más absoluta se requiere una fe totalmente ciega. Pero, respondiendo a su pregunta inicial le diré, que tengo la intención de rezar un rato tranquilo en interior del «Sacré-Coeur» y, después, buscaré un discreto alojamiento en el que pueda pasar un par de días, ¿satisfecho?», observé como tragaba saliva, seguramente la tendría atascada porque tardó un rato en deslizarla a lo largo de su garganta.
«Madame, no quería ofenderla, me ha parecido que es usted una dama muy distinguida y se me hacía raro que viviera en esta zona en concreto y, luego he pensado que tal vez estuviera usted de vacaciones y, si este fuese el motivo de esta visita, le quería recomendar el hostal de un buen amigo para que se instalara en él. El servicio que ofrece es desayuno y pernoctación, pero para comer no hay problema, pues enfrente hay un pequeño Bistrot en el que se come muy bien.», aquel hombre dijo toda aquella parrafada de un tirón y sin respirar. |
«¡Oh!, me ha sorprendido usted. Creo que tiene un grave problema, piensa demasiado y esto, le aseguro, que no es bueno para la salud, de todas formas, acojo su ofrecimiento con gusto. Además, como éste ha sido un trayecto tan intenso, psicológicamente hablando, y me ha derrotado usted con su incansable verborrea, que sepa que no tengo intención de pagarle esta carrera. Por lo tanto, le aconsejo que apriete el botón del taxímetro y anule todo lo que en él haya indicado, a cambio, por la comisión que usted tenga pactada con ese amigo suyo, me instalaré en ese hostal que me ha mencionado, y con eso, dese por satisfecho.», aquellos ojos de huevo que no dejaban de observarme, parecían que iban a saltar de su cabeza como vulgares pelotillas de pin-pon.
«Claro, no pensé que podía haberla disgustado tanto, madame.», titubeó.
«¡Ya le he dicho que deje usted de pensar! ¡¡Haga el favor de no perder más tiempo y lléveme de una vez a ese hostal!!», mi enfado era ya muy encrespado.
Estremecido, el taxista dio un grave acelerón y enfocamos la Rue Saint-Rustique. Entonces callejeó por sus alrededores, ya que está, totalmente prohibido transitar con el automóvil por su interior. En cambio, sus estrechas callejuelas deben soportar, a diario y sin piedad, que un extenso rebaño humano las pisotee con crueldad.
Continuará…
