La anciana del moño gris (III)

04/06/2026 Desactivado Por Anna Val

El taxista paró el taxi y se bajó de él para abrir el maletero y dejar en el suelo mis dos maletas repletas de equipaje. Yo, pensando que me abriría la puerta, permanecí allí sentada hasta que aquel hombre me dijo: «Madame, ya puede usted bajar, el hostal se encuentra al doblar la esquina de esta calle.» Me quedé mirando a mi interlocutor mientras intentaba abrir la puerta del vehículo, algo que finalmente conseguí y, una vez me sostuve con los pies en el asfalto, el taxista se fue y yo arrastré las dos maletas al lugar donde él me había indicado. En un momento determinado pensé que había introducido en el fondo de aquel par de maletas una vida entera… ¡Cuánto me pesaban!

De pronto, tropecé, de manera accidental, con los muros del hostal; «Caramba… ¡qué horror!», grité en pleno silencio, pues aquel hostal tenía una apariencia muy normal, ¡demasiado normal! Con una fachada sin encanto, una construcción típica de los años cincuenta y ubicado en una antigua calle nada atrayente, me dio por desconfiar… Antes de entrar por la puerta acristalada miré a través de ella su interior, de esta forma, me aseguraría, exactamente, donde iba a alojarme cuando quedé totalmente desconcertada. Aquel hostal vestía en su interior un mobiliario antiguo pero muy selecto. Una señorial alfombra, presidia su vestíbulo, sobre ella reposaba un imponente reloj de antesala que guardaba dentro de su caja de noble madera un péndulo dorado; tic-tac, tic-tac, tic-tac. Entonces, un invisible impulso me empujó dentro del hostal, viéndome ubicada en una pequeña recepción. Alargué mi mano para tocar el timbre que se encontraba en aquel mostrador de madera sin dejar de mirar todo cuanto me rodeaba. Me llamaron la atención unos silloncitos forrados con una pintoresca tela floral muy antigua y, al fondo, custodiando la gran escalinata que daba acceso a las habitaciones se encontraban dos sillones más igualmente acicalados con la misma tela que los anteriores. Pero, lo más sorprendente fue ver, en aquel lugar, escondida debajo de aquella escalera una pequeña fuente de agua que cubría una estatua. Me acerqué más para poder identificar aquella talla de piedra y me quedé sin palabras por primera vez en mi vida… ¡Se trataba de Shiva! ¡¡Shiva!! ¡El gran Shiva, el dios que protege y transforma el universo!

El impacto por aquel descubrimiento hizo que diera un salto hacia atrás. Notando que había chocado con algo…, me di la vuelta para comprobar con qué había yo impactado cuando la sorpresa fue chocante; detrás de mí se encontraba un hombre hindú. Se me ocurrió pensar que tal vez no había abandonado Nueva Delhi y que todavía allí seguía…
«Hola, madame. ¿Puedo ayudarla?», me pregunto aquel hombre hindú.

«Oh, ah, pues verá… – ¡nuevamente el «verá!»- no sé dónde me encuentro… Estaba totalmente convencida que había volado de Nueva Delhi a París, pero ahora no sabría decirlo con exactitud…», mi voz temblaba y mi mirada era bastante alocada…

Continuará…