El árbol de plumas blancas. Alaska (II)
Entré en un trance involuntario, mi mente me mostraba una luz cegadora la cual rebosaba de una calmada energía espiritual dentro de un sendero energético en el cual yo me encontraba, y, en el cual, también podía oír un lejano cántico al que le acompañaba la vibración de un sonoro tambor. Entonces, mi espíritu se dio permiso para poder visualizar aquella aparición a la que, poco a poco, se fue mostrando en aquel camino de luz. Le reconocí de inmediato y le saludé con absoluto respeto inclinándome hacía él, agradeciéndole, con mucha alegría, su presencia; era un viejo chamán que había venido a visitarme. En aquel instante, este empezó a dar vueltas a mi alrededor, a la vez que recitaba un melódico mantra en lengua tabascana. Para mi sorpresa, él, alargó su brazo para coger mi mano y, entonces, ambos nos elevamos y empezamos a caminar por el gran cielo azul de Alaska.
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Yo flotaba por aquel firmamento contemplando, con asombrosa curiosidad, todo cuanto acontecía en aquel plano terrenal que se encontraba por debajo de nosotros, pudiendo observar, como, en una esquina cercana a la orilla del rio Yukón, un salmón real y un salmón Chum discutían acaloradamente mientras movían sus colas de manera exaltada. La razón de aquella discusión era que ambos querían el mismo trozo de rio. Un pez Lota, al oír aquel griterío, emergió hacia la superficie rodeado de muchas burbujas a causa de su exagerado «glu, glu, glu».
El salmón Chum y el salmón real, al verlo se sorprendieron y, entonces, él, con sus largos bigotes, les dijo: «No es necesario que peléis por este trozo de agua, el río es muchísimo más largo y profundo y, además, en esta orilla es donde los pescadores ponen sus redes para poder cazarnos.» Los tres dieron un gran salto sobre el agua huyendo de aquel lugar y se dispusieron a explorar toda aquella enorme extensión de agua poniendo fin a tan absurda discusión. Un oso grizzli que se precipitaba de manera torpe por una ladera de una rocosa montaña repleta de rojizas y sabrosas bayas, degustaba, con satisfacción y exagerada glotonería, aquellos sabrosos frutos rojos, los cuales parecían no saciarle nunca… |
Más allá, en la falda de una montaña helada, se encontraban reunidos un grupo de distinguidos caribús patinando sobre el hielo, ejercitando elegantes movimientos, mientras miraban a su alrededor de manera muy curiosa, exhibiendo, sobre sus cabezas, unas majestuosas cornamentas.
De pronto, me sobresaltó ver como cruzaba a toda velocidad por un trozo de tundra un furioso y solitario carcayú con muy mal genio. Corría con gran furia, seguramente iría en busca de algún animal muerto para poder saciar su carroñero apetito.
Continuará…
