La anciana del moño gris (I)

22/05/2026 Desactivado Por Anna Val

Tras unos meses meditando por tierras hindúes con la intención de reencontrarme conmigo misma, o con mi yo interior, decidí poner fin a dicho exilio espiritual a causa de no encontrar nada por mucho que yo buscara… Por lo tanto, puse de nuevo rumbo a Paris con la esperanza de que la ciudad de la luz me iluminara, de manera milagrosa, a mí, y a mi dormida creatividad, pues desde hacía algún tiempo, esta, se encontraba enferma, muy enferma y, con tanta meditación, todavía había enfermado mucho más… Debía buscar una fuente potente de inspiración que me permitiera escribir el libro que le prometí al psicópata de mi editor hacía ya un tiempo largo. Naturalmente, nada le dije de que mi mente andaba tan seca como un gran desierto y sin la esperanza de avistar ningún oasis creativo. No, no era necesario tener que contárselo todo. ¡Qué le importaba mi vida! Lo único que verdaderamente le importaba de mí era saber cuánto dinero ganaría con mi próxima publicación; «¡¡killer!!», gritaba yo con obligada resignación. ¡Sí, Killer! Este era el apodo que él merecía y que yo utilizaba cuando me reunía en su despacho. Siempre le decía que había quedado para comer con Killer y, de esta forma, podía verbalizarle aquel insultante grito sin que sospechara nada, a lo que él, siempre me preguntaba cuando le presentaría a mí amigo Killer… Su torpeza mental no tenía limites… Yo, con semblante ausente y mirada lejana, le escupía la siguiente respuesta: «En breve.»

Aquella eterna brevedad, empezaba a desesperar su retorcida curiosidad: «Muy bien, Charlie, está bien… A veces pienso que ese tal «killer» es un fantasma o el protagonista de tu próxima novela que nunca llega.»

Estaba claro que su cerebro no daba para más. Quien sabe, algún día me presentaré con el portero de mi edificio y le diré que este es «killer», un autor de importante ascenso y precipitado descenso…

Entre tanto ir y venir, ideando aquella enredada madeja   de catastróficas conspiraciones tan descafeinadas, el avión aterrizó en suelo francés y, una vez habiendo desembarcado y ubicada en el interior de un taxi de forma heroica, se me ocurrió que sería mucho más interesante alojarme en un hotel que en mi esperpéntico apartamento. No era necesario instalarme en un hotel lujoso, no, porque mi economía también había enfermado de manera súbita. Por lo tanto, le indiqué al taxista que me llevara a Montmartre, en concreto a la Rue Saint-Rustique. Estaba segura de que allí encontraría alguna pensión u hostal que, por un módico precio, me acogería sin hacer preguntas.

El taxista me miraba muy desconfiado a través del retrovisor, seguro que pensaría que, con un acento tan parisino y semblante refinado, aunque un poco arrugado debido a tantas horas de vuelo, ¿por qué le había dicho que me llevara a aquel destino?

Continuará…