El árbol de plumas blancas. Alaska (I)
Existe un lugar en el que el gran manto de la madre naturaleza impone su fuerza y su nobleza y, también, su colosal belleza. Existe un lugar en el que es posible sanar pues, gracias a la sabiduría ancestral de los pueblos nativos, que desde siempre han poblado los grandes ríos, islas y mares y, sus montañas imposibles de abrazar, han ofrecido, y siguen ofreciendo, con gran generosidad, sus infinitos conocimientos y su curadora espiritualidad. Existe un lugar en el que tienes la oportunidad de entregarle a la madre naturaleza, con agradecimiento eterno y con extremo respeto, tu humildad. Este lugar de extensas tundras y mucho más es…, ¡la tierra grande! ¡¡La tierra grande de Alaska!!
Durante un tiempo prolongado, estuve conviviendo con un gran pueblo esquimal, el pueblo nativo de Inuit. Ellos me enseñaron el respeto por todo lo que la madre naturaleza nos ofrece, entendiendo y aceptando que ella siempre es la que impone su ley y que nosotros, los humanos, debemos acatar. Debemos aprender a escuchar lo que día a día ella nos transmite; ella siempre nos dice que debemos ejercitar la constancia con gran dosis de paciencia, abrazando la frustración y la incertidumbre como disciplina de vida y respetando a cada ser vivo, aprendiendo, también, de ellos y, con ellos.
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Gracias a la gente anciana de aquella tribu a la que siempre hay que prestarles muchísima atención, pues sus sabios conocimientos son un gran tesoro compartido, llegó la hora de despedirme de ellos, pero, antes de partir, uno de aquellos ancianos me hizo un maravilloso regalo al relatarme una preciosa historia; «¡el árbol de plumas blancas!» Aquel anciano me contó que en el valle de Kobuk, escondido en algún lugar, se encontraba el árbol de plumas blancas al que, una vez en la vida, debía ser visitado para rendirle pleitesía y, de este modo, él, en agradecimiento, cuando nuestra alma se despojara de nuestro cuerpo para emprender el viaje eterno, rodearía nuestro espíritu con sus frondosas ramas de plumas blancas, elevándolo y acompañándolo hacía la sagrada bóveda celeste, lugar en donde nos reuniremos durante toda la eternidad con nuestros antepasados de luz. Cuando terminó aquel relato, le agradecí a aquel anciano del pueblo de Inuit sus hermosas palabras, las cuales me impulsaron a ir en busca de aquel árbol ancestral. Con mis raquetas de nieve soportando el peso de mis pies, cargué mi trineo con mi confortable tipi y con las pieles de caribú que me protegían del frio y, también, un poco de salmón ahumado que aquellos nativos me proporcionaron para saciar los momentos de hambre. |
Con todo cargado, y con la ayuda de mi fiel perro Kiuk el cual era el encargado de tirar del trineo y de mí, nos dispusimos a abrirnos camino hacia el valle de Kobuk.
Tras recorrer varios kilómetros de hielo y nieve, bajo la grata luz que el sol nos invitaba a disfrutar, este, lentamente, se fue dispersando, dándole el espacio que merecía a la fría noche. Entonces decidí que lo mejor sería detenernos para plantar el tipi entre unos poblados árboles que nos entregaban su protección y, de este modo, poder encender un fuego para calentarnos. Una vez tuve el tipi preparado, introduje las pieles de caribú y las extendí sobre el suelo pudiendo saborear, en mi piel, el confort más absoluto.
Debido al cansancio acumulado, y con el abrazo prolongado de aquellas pieles, entré en un trance somnoliento muy profundo y, entonces, mi mente empezó a oxigenarse…
Continuará…
