La anciana del moño gris (VII)

02/07/2026 Desactivado Por Anna Val

Con mi ánimo exaltado y contemplando de manera impaciente a Aanya para que retomara aquella historia, ésta dio un profundo suspiro y siguió relatándome aquella trágica crónica…

 

«Tras aquel accidente que destrozó el alma de Aurélie sumiéndola en una ahogada amargura, decidió encerrarse en su habitación para convertirse, de manera involuntaria en una reclusa de la vida. Pero, una noche, concluyó que lo mejor sería seguir el destino que su padre eligió; arrojarse al mar para acabar, igual que él hizo, con su dolorida vida. Entonces, salió de aquellas cuatro paredes que la sepultaban y se dirigió hacia el puerto. Una vez allí, y con la mirada obsesivamente anclada en el extenso mar, sin pensarlo, se dio impulso para dejarse caer en sus profundidades, pero, inesperadamente, notó cómo alguien le atrapaba con fuerza una de sus manos. Auréli, con un grito ahogado se giró de manera desmayada, cayendo involuntariamente sobre los brazos de un desconocido. Ella le miró, y el noble rostro de aquel hombre la enamoró al instante. Él, todavía sobresaltado por aquel incidente, quedó apresado en el acto por la triste dulzura que Aurélie desprendía a través de aquel semblante tan bello. Ambos se miraron sin prisa, saboreando aquel momento… Intuyendo que, tal vez, habría tiempo, mucho después, para verbalizar una vida que pretendía estar escondida.»

 

Aanya volvió nuevamente a realizar una pausa, esta vez rellenó de licor nuestras copas mientras yo miraba, de manera insistente, el retrato de Aurélie.

«Aanya, ¡siga por favor! Sabe, yo soy escritora y usted, en este instante, me está haciendo un hermoso regalo… ¡el argumento de mi próxima novela! ¡¡Continué, Aanya!! ¡¡Prosiga!!», le supliqué mientras ella me calmaba con su mirada.

«Ambos se enamoraron al instante. Aurélie había conocido, sin ella saberlo, a un distinguido poeta francés. Decidieron casarse e instalarse en París y, entonces, les surgió la idea de abrir un hostal para albergar en él un mundo bohemio de artistas, intelectuales, poetas, pintores, escritores… en definitiva, concebir su vida tal y como la entendían sin importarles lo que pensara el mundo de ellos. Y así lo hicieron; fundaron, con gran éxito, su proyecto bautizándolo con el nombre de: «Hostal Rahaski.» Abarrotado de creatividad y gran talento, fueron años de gran felicidad para la pareja. Un buen día, Aurélie sorprendió a su esposo, el poeta, con el anuncio de su embarazo. Ella rezó para que la felicidad, esta vez, no tuviera fecha de caducidad, pero, lamentablemente sus deseos no fueron escuchados y un fatídico día ella contrajo el sarampión, dañando, de manera severa y feroz, al feto; el niño nació con problemas de movilidad. Torturado por la pena y la desesperación su marido se cobijó bajo la diabólica tentación del alcohol, convirtiéndose en un hombre cruel y violento y, a causa de esta circunstancia, su creatividad se destruyó. Siendo consciente de ello y queriendo acabar con el monstruo en el que se había convertido, una madrugada, se lanzó por al vacío de la escalinata, muriendo con el cráneo aplastado sobre el suelo de esta recepción… -Yo lancé un grito mientras ponía mi mano sobre mi pecho-Pasaron los años, y Aurélie envejeció de manera prematura, criando ella sola a su hijo que, además de sus malformaciones, tenía un negro corazón. Era un infante malvado, su única obsesión era acabar con la vida de su madre. Una mañana, el pequeño psicópata persiguió a Aurélie con la silla de ruedas por el pasillo de las habitaciones y ésta, que a causa de su cojera no podía correr, fue atropellada por él. Ya en el suelo, él, su perturbado hijo, destrozó el cuerpo de su madre y acabó matándola y, enloquecido por lo que había hecho, bajó las empinadas escaleras volcando la silla y murió también. Entonces el hostal quedó cerrado y olvidado, hasta que nosotros lo descubrimos y le dimos una nueva vida.»

Continuará…