La anciana del moño gris (V)

18/06/2026 Desactivado Por Anna Val

Le miré muy sorprendida, llamándome poderosamente la atención la manera en la que Aadi había resumido la vida de aquella anciana; «una vida triste, muy triste, verdaderamente triste…» Tenía que averiguar el porqué de aquella desgarradora tristeza…  

Sujetando mis maletas, Aadi me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera y así lo hice. Ambos subimos las escaleras que nos conducirían a la habitación que yo ocuparía por unos días. Nos detuvimos en el segundo piso, y nuevamente, me llamaron la atención un par de cosas; un larguísimo y bello anaquel de madera anclado en la pared, el cual exhibía, como si de un gran tesoro se tratara, un número indeterminado de libros. «¡Cuántos libros hay aquí, Aadi!», le dije.

«¡¡Sí!!», me respondió él sonriendo, y añadió: «Son de nuestros huéspedes. A ellos les pedimos, antes de su marcha, que depositen aquí un libro, de esta forma vamos haciendo una generosa biblioteca totalmente personalizada.», me dijo sonriendo nuevamente y, a continuación, me hizo una pregunta totalmente esperada: «¿Qué libro dejará usted?», se me pasaron un sinfín de respuestas, pero le respondí de manera prudente: «Seguro que le gustará.» Y antes de que pudiera decir nada más, le abordé preguntándole sobre otra fotografía que destacaba, de manera sorpresiva, sobre aquellas paredes; era en blanco y negro, era el retrato de un niño de época. Un niño muy repeinado, que vestía una estrecha cazadora y llevaba unos pantaloncillos cortos. Calcetines por debajo de las rodillas y calzaba unas botas ortopédicas: «Aadi, ¿quién es ese niño?», él me miró, y clavando su mirada sobre el retrato, murmuró: «Cédric, el hijo de Auréli.  Nació enfermo y murió muy enfermo…»

Tras aquella desconsolada respuesta no hice ningún comentario más, viendo, con preocupación, como Aadi se paraba delante de la puerta de la que sería mi habitación y que quedaba justo enfrente del retrato de aquel niño de vida tan desafortunada.

Aadi abrió la puerta, dejó las maletas dentro y me entregó la llave y, después, se fue.

Yo cerré de un portazo, por si acaso, y encendí la luz, pudiendo comprobar que aquella estancia, humilde pero limpia, me acogería con mucho gusto.

Pensé que lo mejor sería ir a cenar a aquel Bistrot. Me aseé un poco y salí de mi habitación con paso rápido por aquel pasillo bajando de manera acelerada las escaleras. Una vez en la calle visualicé, sin ningún tipo de problema, aquel pequeño restaurante y entré. Vi, varias mesas vacías y el camarero me indicó que me sentara donde mejor me pareciera y así lo hice. Escogí una pequeña mesa que se encontraba al lado de la ventana. De manera inmediata, él quiso leerme el menú del día, pero yo puse fin a aquella alocada pretensión, pidiéndole que me sirviera una «Quiche Lorraine», acompañada por una botella de Burdeos y, mientras esperaba degustar con ansia, mi plato favorito, reconocí con estupor, al final del comedor, sentado en una escondida mesa, como si de un figurante se tratara, camuflado con un grueso abrigo gris, gorra gris, bufanda gris y oscuras gafas que apoyaba sobre su nariz, ¡al escritor de Barcelona! Aquel escritor de la ciudad Condal que pasaba temporadas en Paris para espiarme y robarme mis proyectos literarios.

Él creía que yo no me daba cuenta de que era un ladrón de ideas, es decir, de mis ideas, pero le dejaba hacer… ¡Esta vez intentaría esquivarle para que no me robara ni los puntos suspensivos!

Continuará…