La anciana del moño gris (IV)
El recepcionista hindú me dedicó una sonrisa iluminando mi rostro con sus resplandecientes dientes. «Madame, para su tranquilidad le diré que está usted en Paris y que acojo sus amables palabras como un regalo. Cuando reabrimos este viejo hostal, nuestra pretensión era estar rodeados de cosas hermosas que evocaran el encanto de esta maravillosa ciudad fusionándola con nuestras raíces, para que la añoranza que sentimos por vivir lejos de nuestra tierra natal, mermara con el tiempo al recordarnos, con esta decoración, a nuestra insondable y exótica patria…, ¡la India!»
«Ah… es usted muy gentil», le respondí algo aturdida.
«Madame, ¿quiere sentarse y, mientras descansa un poco, le sirvo un té?», aquel ofrecimiento me reconfortó y acepté sin dudarlo. Entonces, aquel hombre, con la mano, me indicó que entrara a un pequeño salón muy acogedor. Me senté en una de aquellas mesas cubiertas con manteles blancos y perfectamente preparadas para que, a la mañana siguiente, se pudiera degustar un buen desayuno. Mientras, el hombre hindú depositó sobre la mesa en la que estábamos sentados dos tazas de té y, en un momento determinado, mi mirada, que andaba revoloteando muy curiosa por aquel salón, de repente descubrió la existencia de un piano; sobre él, podía admirarse el retrato de una noble anciana que, peinada con un sobresaliente moño gris, me contemplaba.
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«Tómese el té, madame», me sugirió mi acompañante. Entonces, él me preguntó si estaba allí para alojarme en el establecimiento a lo que yo asentí con la cabeza mientras sorbía aquel sabroso té. Charlamos un buen rato y, aproveché para contarle que había llegado allí a bordo de un taxi y que el taxista me había recomendado este lugar. Poniendo su mirada en posición de recuerdo, exclamó: «¡Ah, se refiere usted a Fréderic! Si, le conocemos, trabajó un tiempo con nosotros y después se compró un taxi.»
«¿Por qué habla en plural?», pensé. En aquel momento, le disparé un cargador entero de preguntas bajo la atenta mirada de aquella anciana cuya fotografía parecía haber cobrado vida. Aquel hombre, un tanto aturdido, me contó que estuvo un tiempo viviendo en Londres, y allí conoció a su esposa Aanya y que ésta siempre había albergado el sueño de vivir en París regentando un hostal. Aadi, su esposo y mi interlocutor, decidió convertir dicho sueño en una gran verdad y, sin darle más vueltas, un día aterrizaron en la capital francesa, descubriendo por casualidad este emblemático lugar en el que, la vida y el destino les había regalado una enorme dosis de felicidad. Le miré complaciente entendiendo a la perfección lo que aquello significaba… ¡Acoger de manera sincera el cálido bienestar de la sencillez, lo convierte todo en un sorpresivo éxito inesperado! |
Terminado nuestro té, Aadi se levantó para coger las maletas y llevarlas a la que sería mi habitación por unos días, recordándome lo que ya el taxista me había dicho: «Madame, aquí solo servimos desayunos.», le asentí con la cabeza y, sin contenerme ni un minuto más, le sorprendí con mi explosiva pregunta: «Aadí, ¿quién es esa anciana», señalando con mi inquisidor dedo aquel retrato.
«Oh, pues se trata de la antigua propietaria de este hostal; madame Aurélie. Una dama muy distinguida, pero con un vida triste, muy triste, verdaderamente triste… Decidimos que su imagen presidiera este salón, pues esa sería nuestra forma de rendirle nuestro humilde homenaje.», le sonreí mientras pensaba: «¡Cuánta sabiduría contiene la humildad!»
Continuará…
