El invisible hombre de Berlin (XI)

16/04/2026 Desactivado Por Anna Val

Sudorosa y agotada no pude dejar de pensar en aquella sombra que huyó precipitadamente al verme por aquella callejuela en el que nos encontrábamos. Sin darle más vueltas a aquellas cuestiones tan fantasmales, opté, en riguroso silencio, que lo mejor sería, para calmar mi agitada curiosidad, descubrir de quién se trataba aquella anónima silueta, y, decidí, también, que aquella aventura nocturna la realizaría en solitario para que Bette y Marlene se ocuparan de recibir a la policía alemana que se encontraba de camino y, de esta forma, les podrían poner al corriente de todo cuanto habíamos descubierto para que pudieran actuar en consecuencia.

Sin decir nada, fui desapareciendo entre la oscuridad por aquel callejón. Anduve despacio, sin apenas hacer ningún tipo de ruido cuando, de repente y con el miedo golpeando mi corazón, noté como una invisible fuerza, salida de la nada, me sujetaba de manera violenta mientras me ordenaba que lanzara mi pistola sobre aquel suelo resbaladizo.

«¡¡Durante mucho tiempo me he desesperado pensando en que llegara este momento, Ilsa Puc Estrasen!! ¡¡Arruinaste mi vida y mi identidad!! ¡Tuviste que meter tus narices en mis asuntos, pero ahora he vuelto para destruiste!», me gritaba aquella oscura neblina en la que no se podía ver nada…

«¡¡Sal de tu anonimato y déjate ver!! ¡Quítate este disfraz de camuflaje, Günter Wolf!!», le grite increpando a aquella aterradora nada…

«¡¡Ja, ja, ja!! ¡¡Tú me condenaste a vivir en la invisibilidad!! ¡Por tu culpa perdí mi realidad humana y ahora verás en lo que me convertiste!»

Aquella silueta que ocultaba su rostro detrás de un extraño disfraz, se descubrió ante mí, viendo, horrorizada, el rostro desfigurado, quemado, de Günter.

«¿¡Me ves ahora!? ¡Tuve que desfigurar mi rostro y crear estos detestables ropajes para no ser visto ni reconocido y, de esta manera, poder seguir dirigiendo mis negocios clandestinos sin dejar de pensar cuando llegaría el ansiado momento para eliminarte de una vez por todas!»

Después de aquellas aterradoras palabras, Günter Wolf me disparó a bocajarro y sin piedad. Caí al suelo mientras todavía podía escuchar su endiablada risa. Sí, yo, la verdadera Greta Garbo, que vivió camuflada bajo la falsa identidad de la detective Ilsa Puc Estrasen, había muerto asesinada por aquel loco gánster sin escrúpulos.

Al rato, mi alma se deslizó suavemente de mi cuerpo y se puso a caminar mientras mis pies esculpían las huellas de mis pasos sobre aquel fúnebre callejón sin salida. Entonces, me acordé de Robert Walser, el célebre escritor suizo al que un día le sorprendió la muerte mientras paseaba por el frio paisaje de Herisau y, mientras estampaba sus huellas sobre el nevado camino, esta, la muerte, siempre imprevisible, apareció para dentellarle su corazón.

FIN