El árbol de plumas blancas. Alaska (III)

14/05/2026 Desactivado Por Anna Val

Seguí avanzando al ritmo del cántico del chamán que me acompañaba en aquel viaje tan intenso y, sin esperarlo, disfruté observando un fastuoso lago marino que protegía a un determinado grupo de focas. Este, empequeñecía y se agrandaba a capricho de su propia voluntad. Ellas, las focas parecían divertirse y, con sus redondos y oscuros ojos, se reían a la vez que se entregaban a aquel juego de agua.

Nuevamente, visualizamos un nuevo río al que contemplábamos con verdadero asombro, pues, en la ladera terrosa de este había una madriguera de castor perfectamente construida. Pero, aquel castor parecía regañar a alguien que se encontraba dentro de dicha madriguera. La causa de dicho enfado pronto lo descubrimos; ¡una rata almizclera había ocupado aquella construcción sin permiso y con la clara intención de adueñarse de aquel acogedor inmueble de madera! Finalmente, los acalorados gritos del castor, ahuyentaron a la caprichosa rata almizclera que se marchó llena de gran resentimiento.

Después de aquel curioso episodio tuve la sensación que habíamos llegado a nuestro destino pues al mirar la cumbre de una gran montaña, se encontraba, con una postura retadora, un gran lobo blanco. Parecía un gran príncipe con mirada profunda y azulada. Entonces, el chamán le reverenció y, entre ellos, empezaron a dialogar. El lobo, con paso firme y decidido, nos hablaba con la mirada, nos decía que le siguiéramos rodeando aquella montaña, y así lo hicimos. Tras rodearla vimos un hermoso valle de colores; ¡era el valle de Kobuk!

Aquel impresionante valle era coronado por un intenso arco iris que protegía, como si de su propia vida se tratara, a un blanco árbol de cuyas ramas brotaban delicadas plumas blancas. Aquellas plumas proyectaban grandes destellos de paz. Sus movimientos apacibles emitían una brisa que te arrastraba de manera sutil hacía él. Entonces me dejé llevar para envolverme entre su sedoso abrazo y, mientras el chamán seguía con su cántico observándome desde la distancia acompañado por el gran lobo blanco, yo, despojada de mi cuerpo humano, fui elevada hacía la gran bóveda azul, donde me esperaban, con una serena sonrisa, mis queridos ancestros de luz.

FIN