El invisible hombre de Berlin (X)

09/04/2026 Desactivado Por Anna Val

Aliviada por la presencia de aquel mono chillón, el cual salvó mi vida y que, desafortunadamente, tendré que agradecérselo mientras yo viva, o viva él, Marlene y Holmes me liberaron de aquella silla tan incómoda, después, me precipité sobre ellos con los brazos exageradamente abiertos para darles un abrazo muy sincero. Extrañamente, Holmes me dijo algo al oído con voz muy femenina: «¿Adivinas quien se esconde debajo de estas vestimentas?», reconocí aquella voz inconfundible…, ¡era Bette Davis!

«Ya te contaré, pero ahora debemos introducirnos dentro de este túnel para averiguar a donde puede llevarnos», dijo Bette.

«¡¡Démonos prisa!! ¡Vámonos antes de que vuelvan los matones de Gerida, vamos!», gritó Marlene.

A Gerida la dejamos maniatada y con la boca tapada y enroscada en el interior de una pesada cortina de terciopelo y la ocultamos para que no fuese encontrada. A su debido tiempo ya avisaríamos a la policía para que se encargara de aquella porquería de mujer.

Finalmente, seguimos a aquella fila de hombrecillos los cuales parecían haber sido hipnotizados, pues no respondían a ningún estímulo al vernos allí. El señor Reddy se introdujo sin ningún tipo de dificultad en aquel siniestro túnel, para nosotras tres fue algo bastante complicado… Tuvimos que arrastrarnos como tres dignas culebrillas… Aquel arrastre terrestre parecía no acabar nunca, pero, al fin, vimos unas escalerillas por las que aquellos hombres tan pequeños ascendían para desembocar en una lúgubre y mojada callejuela adoquinada.

Afortunadamente pudimos ascender, totalmente encorvadas, por aquellos diminutos peldaños. Apenas veíamos nada, pues la noche, de oscura luz cerrada, nos impedía ver nada. Una farola, que permanecía allí plantada, emitía un ridículo destello de luz en el que me pareció ver reflejada en la pared de un muro una sombra que, al verme, entró en pánico. En aquel momento Bette me cogió del brazo para llamar mi atención. Aquellos hombrecillos llamaron a la puerta de un local y, al abrir la puerta, apareció un chino mandarino vestido con un kimono y una larguísima trenza, además, de su barbilla colgaba una desarrolladísima barba, la cual le vestía la cara.

De repente, oímos a uno de aquellos hombres bajitos hablar con aquel oriental, pero no se entendía nada. Aquel grupo de seres le entregaron, uno a uno, los maletines que portaban, y el chino de la larga trenza y poblada barba, entre reverencia y reverencia, cogía aquellos maletines y los introducía dentro del local del cual pudimos ver entre aquella humareda blanca que salía de su interior, una especie de camastros en los que, yacían, sobre ellos, cuerpos desmayados de gente aturdida y adormilada, que, con torpeza, absorbían, a través de unas pipas chinas de opio que se encontraban sobre unas lámparas de aceite que iban diluyendo aquella peligrosa droga para ser tomada. Antes de que aquel chino cerrara la puerta… ¡¡Ohhh!! ¡Vimos al señor Reddy acomodado en una de aquellas camas fumando opio! Aquel local era un fumadero de opio y en aquellos maletines se encontraban grandes cantidades de aquella droga que se fabricaba en aquella mansión de la que escapamos. Entonces, la puerta se cerró y, despojada Bette de aquella indumentaria para camuflarse de Holmes, ella nos contó que Sherlock había contactado con ella para que fuera en nuestra ayuda con unas instrucciones; él ya sabía que aquella banda se dedicaba al contrabando de opio, y como ya él imaginaba, el jefe de aquella banda, era ni más ni menos que el criminal más buscado y escurridizo de Berlín: ¡¡GÜNTER WOLF!! Holmes ya había advertido a la policía alemana de sus sospechas y de mi investigación. Ahora solo cabía descubrir donde se encontraba Günter.

Continuará…