El invisible hombre de Berlin (VIII)
Tras conducir unos cuantos e insufribles kilómetros por aquel fangoso camino que nos llevó a aquella vieja mansión en la que debíamos averiguar lo que guarecía en su interior, decidimos, antes de cruzar el umbral de aquella casa, ocultar el automóvil para que nadie pudiera verlo. Primero, apagamos su atronador motor para que este no hiciese ningún tipo de ruido que alertara a aquella espeluznante banda de matones y, después, salimos de su interior; primero bajó Marlene y acto seguido salí yo, con alguna dificultad, eso sí. Aquella capa negra con la que cubría mi cuerpo, se encaprichó, de manera muy burra, en enredarse entre las espinosas ramas de aquellos alocados arbustos que custodiaban el calamitoso jardín. Con mucho énfasis, finalmente pudimos deslizar al bello «Mercedes-Benz» a un lugar seguro. Lamentablemente, la delicadeza de nuestros movimientos desapareció por culpa de aquel sobreesfuerzo, siendo sustituido por la fuerza bruta de nuestros cuerpos, provocando que aquel hermoso galán de cuatro ruedas se estrellara contra el tronco de un árbol, emitiendo un ruidoso quejido, el cual, afortunadamente, pasó desapercibido para los malévolos malhechores que ocupaban la mansión.
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De puntillas, en un silencio lúgubre y profundo y medio encorvadas para no ser vistas, nos dirigimos hacía un ventanal cuya cortina, dejaba entrever la actividad que allí se cocinaba.
En un momento determinado, creí que padecía ceguera, pues no veía nada de nada, la causa; mis ojos seguían atrapados detrás de aquellas gruesas y negras gafas de camuflaje. De un manotazo las arrojé al suelo liberando mi mirada de aquel oscuro encierro y, en aquellos momentos tan tensos, me pareció transformarme en la genial actriz Margaret Rutherford que interpretó, de manera magistral, a la entrañable Miss Marple en la fabulosa película la «Ratonera», novela escrita, como no, por la sobresaliente escritora de misterio; Agatha Christie. |
Después de navegar un instante por mi imaginación y, resolviendo de una vez, quien era yo en realidad, Marlene lanzó, entre susurros, un: «¡¡Ilsa, quieres centrarte en el asunto que nos ocupa!!» Y, entonces fue cuando asomamos nuestros ojos en aquel ventanal con la nariz pegada a él, pudiendo divisar un extraño transitar en aquel elegante salón, el cual acogía a un número determinado de gente menuda que transportaban unos pequeños maletines de cuero negro y que, tras recorrer unos escasos metros entre un gran armario de madera hacia una puerta que dejaba entrever en su interior a unas escaleras que conducían a un sótano, donde aquellos hombres pequeñitos, se introducían hasta desaparecer. De repente, y sin esperarlo, apareció en escena… ¡la falsa Greta Garbo!, que, girando la cabeza de manera violenta hacía el ventanal, reaccionó, al vernos, en modo alarma: «Fangt die Eindringlinge!», gritó al descubrirnos, y ordenó a sus matones que nos atraparan.
Corrimos hacía la oscuridad más oscura, hacía el fondo del jardín donde habíamos estrellado a nuestro «Mercedes-Benz» y, a pesar de estar herido, yo confiaba en su soberana fuerza. Estaba segura de que nuestro salvador, el automóvil más elegante jamás creado, no dudaría en arrancar su potente motor para ponernos a salvo de aquellos seres que nos perseguían con claras intenciones de ejercer el mal sobre nosotras…
Continuará…
