El invisible hombre de Berlin (VII)

12/03/2026 Desactivado Por Anna Val

Me encaminé decididamente hacia el lujoso apartamento de Marlene, teniendo la sensación, en todo momento, que alguien me seguía con tozuda intención. Para que aquel intruso no sospechara que yo, ya me había dado cuenta de aquel voraz seguimiento, no quise mirar por detrás de mis espaldas y, por tanto, trasladaba mi mirada hacia los espejos de los retrovisores de los coches que permanecían dormidos en fila ordenada al lado de la calzada con la esperanza de que estos me chivaran, a través de una clara imagen, quien era el estúpido que me seguía, pero nada, en ellos no se reflejaba nada.

Entonces se me ocurrió la idea que, para poder despistar al anónimo intruso, lo mejor sería andar de cuclillas entrelazándome entre aquellos  coches para no ser vista y, de esta forma, poder entrar en el apartamento de la Dietrich sin que nadie lo supiera, pero el problema vino después; al llegar a la puerta principal de aquel edificio tan elegante, fui incapaz de ponerme de pie y el avispado portero, al verme tan diminuta, arrastrando por el suelo aquella capa negra y con semejantes gafas oscuras, pensó que era una ladrona de guante negro y, entre gritos y espavientos, empezó a golpearme con una calamitosa escoba. Aquello alarmó, afortunadamente, a Marlene, que, abriendo la puerta de su apartamento y agitando sus brazos con la intención de parar de alguna manera aquellos escobazos, increpó al anormal del portero dedicándole bravos insultos en un alemán muy cerrado.

Entré muy dolorida y, poco a poco, pude incorporarme, no con rapidez, si no con la lentitud que la edad me permitía.

Entonces, y tras descansar un rato para reponerme de todo aquel sin sentido, le conté a la Dietrich mi conversación escrita con Holmes y elaboramos un plan a lo Bette Davis

Lo primero sería averiguar el domicilio de aquella gánster, algo que Marlene ya se había ocupado de averiguar. Aquella siniestra femme vivía en una lujosa villa en la que había habitado, en otros tiempos, el ilustre novelista: Theodor Fontane.

Por lo tanto, habiendo aprobado nuestro poderoso plan, y sin perder más tiempo, Marlene se puso el uniforme de su chofer y ambas nos dirigimos a las cocheras del edificio, donde nos aguardaba su elegantísimo «Mercedes-Benz», de curvas imposibles y vestido de un brillante negro en el que nos introdujimos sin más dilación.

Marlene arrancó aquel potente motor para dirigirnos a la mansión de la siniestra mujer y espiarla un rato para poder averiguar de qué se trataba aquel caso…

Continuará…