El invisible hombre de Berlin (VI)

04/03/2026 Desactivado Por Anna Val

Tras aquella desatinada pelea con aquel gamberro de cuadrúmano, me deslicé sobre mi diván para leer con muchísima curiosidad la carta que me había enviado Sherlock:

«Mi querida y apreciadísima Ilsa, leí con desgarradora preocupación la narrativa de tu nuevo caso del cual me has hecho, nuevamente, participe. ¡¡Tu vida está en riesgo extremo!! Como habrás podido averiguar con la inmediatez de una inteligencia avivada como la tuya, la «femme fatale» que te visitó, es una potencial asesina; ¡¡cuidado Ilsa, tomate muy enserio mis palabras!! Aconsejarte que te sumerjas en, los nada recomendables y oscuros, locales nocturnos de criminal actividad y que se encuentran, siniestramente enterrados, entre los vomitivos callejones de tu ciudad, de esta forma descubrirás la verdad. Mi admirada Ilsa, lamento no poder ser de más ayuda, pero espero y deseo, que estas sinceras advertencias, puedan servirte de gran apoyo.

¡Ah, por cierto!, te he hecho llegar esta carta a través de mi ayudante el señor Reddit. Es un mono un tanto loco, pero tremendamente eficaz y en el cual confió ciegamente. Lamento el estropicio que haya podido causarte, pero, a veces, le cuesta controlar su desbordada adrenalina y, además, habrá robado tu exclusiva pipa de fumar… ¡Son su debilidad!

Me despido de ti con un afectuoso abrazo y, sobre todo, mantenme informado.

Tu amigo y confidente, Sherlock Holmes.»

Aquellas palabras produjeron en mí un efecto tranquilizador, pero a la vez alarmante, pues no sabía por dónde tendría que hundirme esta vez, pero mi intuición me advertía que aquello atufaba a muerte y siniestralidad, ¡lo peor de lo peor!

En aquellos momentos tan profundos de intima reflexión, la espantable de Frieda, mirando el estado en el que había quedado aquella estancia debido a la lucha encarnizada con el señor Reddit, emitió un exagerado: «Oh, ¡mein Gott!»

Le ordené que no tocara nada ni recogiera aquella pequeña destrucción habitacional y, con las manos en la cabeza, bajó las escaleras renegando de manera desmedida.

Cogí la carta de Holmes y la quemé en el avivado fuego que brotaba de mi chimenea. Nadie podía saber nada de aquel mensaje tan secreto.

Después, me enfundé en mi negra capa y oculté mi mirada detrás de unas oscurísimas gafas y me dirigí, a toda prisa, a casa de Marlene Dietrich.

Continuará…