El invisible hombre de Berlin (V)
Tras aquel acto tan accidentado, producto de un grave cansancio, permanecí en cama unos cuantos días pensando en cuál sería la respuesta de mi colega Holmes y en elaborar un plan para desenredar aquel caso tan siniestro. Tenía claro que debería pedirle a la Dietrich su colaboración.
Me levanté y cogí mi pipa de calabaza marca «calabash» e introduje en ella mi tabaco favorito: «Burley», después, la encendí con delicadeza, con la misma delicadeza que acariciaba su sensual curvatura y me senté en mi sillón frente a la ventana disfrutando de cada inmersión de aquel tabaco tan placentero, cuando, de repente, vi asomado a la ventana sostenido sobre la cornisa, sobresaltándome de manera turbadora a… ¡¡un mono pequeño de dientes afilados el cual vestía un roído calzoncillo de lunares!! Su mirada asesina, junto con aquellos chillidos que podían perforarte los tímpanos, no daban, para nada, ningún tipo de confianza, ¡todo lo contrario…! De repente, y cogiéndome totalmente desprevenida, el mono, con su larga cola, dio un fuerte golpe al cristal de la ventana rompiéndolo y, entonces, dio un salto mortal introduciéndose salvajemente dentro de la salita donde me encontraba, ejercitando, a la vez, unos insoportables ruidos de garganta que me producían unos escalofríos por todo el cuerpo, pero él seguía con su loco: «¡¡ÑI, ÑI, ÑI!!»
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Sin pensarlo dos veces, cogí de manera airada el atizador de la chimenea para golpear al mono, pero aquel animal no paraba de dar saltos por todas partes y yo, con una irritabilidad irracional, lo único que conseguía era destrozar todo aquello que se encontraba entre aquellas cuatro paredes.
En un momento determinado, mientras daba extraños giros sobre mí, misma y atizador en mano, el mono asesino se abalanzó sobre mi agarrándome virulentamente, con sus manos, mi delicado cuello con la intención de ahogarme, pero mi reacción fue la misma sobre él, y entonces caímos al suelo dando vueltas y extrañas volteretas encima de la moqueta azul que cubría el suelo. Fue una encarnizada pelea, hasta que aquella bestia se dio por vencida, y me entregó un sobre blanco que ocultaba en aquel marrano calzoncillo y se marchó apresuradamente robándome mi dorada pipa. |
Quedé sentada en el suelo un largo rato, cuando me repuse, me serví un vaso de wiski e intenté tranquilizarme. Afortunadamente, Frieda no se encontraba en casa, y pude tomarme mi tiempo para recomponerme de aquel incidente. Acto seguido, cogí el sobre y pude leer quien me lo mandaba… ¡¡Holmes!!
Me dejé caer sobre el suelo y empecé a reírme descontroladamente, ¡aquel sabueso me la había vuelto a jugar con sus extravagancias!
Continuará…
