El invisible hombre de Berlin (IX)
El pánico se había apoderado de nosotras, pero, a pesar de todo, y gracias a la fría templanza de Marlene, esta pudo arrancar el «Mercedes Benz». Aliviadas por el rugir de aquel maravilloso motor, Marlene rápidamente pisó con mucha fuerza el acelerador, pero, desgraciadamente, no se percató de que yo, todavía no me había introducido dentro del auto, por lo tanto, aquel desgarrador acelerón provocó que ella se alejara y yo quedara en tierra asediada por aquella banda de asesinos. Uno de ellos, con la mirada estrellada me golpeó la cabeza y, a consecuencia de aquel latigazo, me despedí del mundo por un rato.
Con un grave dolor de cabeza, y sin saber exactamente que me había ocurrido, fui despertando, lentamente, muy lentamente. Aquella lentitud me permitió tomar conciencia de lo que me había sucedido y, también, me permitió tomar conciencia de mi realidad: me encontraba sentada en una silla maniatada de pies y manos y con la boca sellada por un trapo mal oliente.
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Mientras mis ojos se animaban a resucitar, clavé la mirada hacia la femme fatale que, ocupando todo mi campo visual, se reía mientras retiraba de su cabeza lo que parecía ser una peluca rubia, para dejar al descubierto una sucia melena de color negruzco.
«¡¡¿Me reconoces ahora?!!», y aquel ser empezó a reírse de manera patibularia. «¡¡Estúpida Ilsa Puc Estrasen, creías que podías acabar conmigo, pero no, he vuelto para acabar con tu vida!!», y volvió a emitir esa espantosa risa. De repente, caí en la cuenta de quién era en realidad… Se trataba de una criminal asesina a la que, en 1948, y gracias a mi investigación, la policía alemana pudo arrestarla junto a su jefe y amante; Günter Wolf, traficante de opio y dueño de tres locales de fumaderos de esta droga en Berlín. Ella, Gerida Krause, asesina en potencia, degollaba a todo aquel que se oponía a sus deseos, fue condenada a morir en la horca, pero misteriosamente pudo escapar –seguramente con la ayuda de algún agente de la seguridad de la cárcel, aunque jamás se pudo demostrar- y Günter Wolf a pesar de ser arrestado, este se escapó de manera muy hábil de las garras de la justicia. Estaba claro que aquella piltrafa humana me la tenía jurada… |
Con la mirada envenenada, Gerida Krause deslizó un afilado cuchillo por mi garganta mientras me decía: «Te crees muy lista, verdad Ilsa, pero no es así… ¡Eres torpe y estúpida! ¡Muy fácil de engañar!», y nuevamente, vomitó aquel asqueroso sonido a modo de risa mientras apretaba mucho más aquel cuchillo.
«¡¡Por tu culpa jamás he vuelto a ver a Günter!! ¡¡Y lo pagarás con tu muerte, Ilsa Puc Estrasen!!, entonces me golpeó la cara a puño cerrado.
«Gerida, si me matas no podré ayudarte a encontrar a Günter. ¡¡Sé dónde se oculta!!», me inventé todo cuanto le dije por si acaso aquellas palabras arrebataban su curiosidad.
«¡¡Mientes!!», gritó.
«No, no miento. Le seguimos la pista y sé dónde se esconde… ¡¡En el interior de una alcantarilla!!»
Al terminar aquella falsa afirmación, un extraño animalillo saltó salvajemente sobre su cabeza arrancándole aquellos pelos que se deslizaban de su cuero cabelludo… ¡¡Era el mono de Holmes, el señor Reddy!! Aquello la obligó a defenderse, apartando de una vez, aquel cuchillo de mi cuello. Y, para mi asombro, al señor Reddy le acompañaba… ¡¡Holmes y Marlene!! Ambos me liberaron de aquellas correas que me mantenían encarcelada sobre aquella silla.
Continuará…
