El invisible hombre de Berlin (X)
Aliviada por la presencia de aquel mono chillón, el cual salvó mi vida y que, desafortunadamente, tendré que agradecérselo mientras yo viva, o viva él, Marlene y Holmes me liberaron de aquella silla tan incómoda, después, me precipité sobre ellos con los brazos exageradamente abiertos para darles un abrazo muy sincero. Extrañamente, Holmes me dijo…