El invisible hombre de Berlin (IV)
Entrelacé mis manos apoyando sobre ellas mi cabeza sin dejar de mirar a la femme fatale. Me incorporé y le dije que aceptaba el caso y que la mantendría informada. Además, concluí diciéndole que no era necesario que me diera su dirección, pues yo ya sabía dónde encontrarla, algo que era totalmente incierto, pero aquellas palabras pronunciadas con tanta fuerza la dejaron un tanto desconcertada. En aquellos instantes, la falsa Greta Garbo había perdido el control de la situación.
La acompañé a la puerta y, para, mi sorpresa, en plena calle la esperaba una elegante limusina roja conducida por un ser con aspecto de chimpancé.
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Me di media vuelta y volví al interior de mi estancia. Pensativa, rodeé la mesa de mi escritorio y me senté frente a ella. Aquel caso me ponía el bello de punta y cuando eso ocurría, para calmar mi agitada mente, siempre escribía una carta a mi colega Sherlock Holmes. Su experiencia, inteligencia y su aguda intuición, siempre fueron de gran ayuda, a pesar, de que, a su longeva edad, Sherlock, nunca moría… Una vez me comentó que debía tomar muchas precauciones para salvaguardar su vida de un psicópata llamado Arthur Ignatius, un loco irlandés que tenía una única obsesión: acabar con la vida de Sherlock Holmes porque, según él, lo tenía dentro de su mente y no sabía cómo desalojarlo de allí si no era asesinándolo. Finalmente, y para suerte de todos, especialmente para mí, aquel loco irlandés fue ingresado en un psiquiátrico, encerrándole a calicanto entre aquellas blancas paredes para que no saliera de allí nunca jamás.
De todas formas, Holmes desconfiaba mucho de aquel encierro, pues creía que entre los callejones del viejo Londres se escondían, entre sus oscuras esquinas, seres siniestros que, por unas cuantas libras y navaja en mano, tenían orden de asesinar al mejor detective del mundo; ¡mi querido amigo Sherlock Holmes! |
Me puse a escribir en un blanco papel el cual llevaba mis iniciales en dorado un esbozo de todo lo vivido aquella inquietante noche. Le narré todos los detalles sin olvidar ninguno, pues Holmes le daba mucha importancia «a los detalles». Al terminar, la doblé poniendo aquella carta dentro de un grueso sobre para que su contenido estuviese a salvo y, como ya había amanecido y Frieda había preparado un sanador café, le ordené que llevara aquella carta a la estafeta de correos con mucha urgencia. Entonces me tomé aquel negro líquido y, con el cuerpo prácticamente inactivo y la mente derrotada a causa de un plomizo sueño, me dirigí a mi habitación donde dormiría hasta el anochecer.
Mientras mi mente intentaba descansar, un cumulo de pesadillas se colaban entre los entresijos de mi cerebro. Eran seres malvados que, dirigidos por una loca mujer, tenían la orden de asesinarme. Yo intentaba escapar de ellos mientras una fuerza masculina e invisible gritaba: «¡sé tú secreto, Ilsa Puc Estrasen! ¡¡Tú mataste a Greta Garbo y usurparte su identidad!!» Una gran boca roja me perseguía entre los callejones, arrastrándose por sus paredes ensordeciéndome con su sangrienta risotada.
Después, un golpe inesperado sacudió mi cuerpo e hizo que me despertara… ¡Me había caído de la cama! Aturdida por aquella severa caída e inundada de sudor, hice lo imposible por incorporarme, pero incapaz de poder realizar dicho acto, me desvanecí.
Continuará…
