El invisible hombre de Berlin (III)

12/02/2026 Desactivado Por Anna Val

No le respondí de inmediato. Primero me serví, de manera urgente, pero con las formas pausadas, un wiski para digerir todo lo ocurrido y lo que estaba por ocurrir. Acto seguido, le di una brusca indicación con la mano a mi asistenta para que desapareciera y me quedé a solas con aquella «femme» que, para nada, y como había indicado Frieda, que todo lo inventa, tenía ningún porte aristocrático, al contrario, era el típico personaje gansteril. Aquella mujer de sobreactuada presencia y esencia, permanecía allí plantada, retándome con la mirada. En un momento determinado dijo: «¡Oh!, discúlpeme…» y, alargándome la mano mientras exhalaba el humo de su alargado cigarrillo mentolado, y digo mentolado porque yo tengo olfato para desenmascarar hasta el detalle más vacío, añadió: «me presentaré: me llamo Greta Garbo», y volvió a exhalar el humo de aquel cigarrillo. La miré con mucha sorna… Miré aquella novelera mujer sabiendo que no era quien decía ser, pues Greta Garbo era yo, tan solo compartía aquel soterrado secreto con la Dietrich y Betty Davis, para el resto de los mortales yo era una detective privada berlinesa.

Me senté en mi butaca, y le indiqué a aquella farsante que se sentara también para dejarla que me siguiera mintiendo en su relato perfectamente estudiado e, intentar averiguar que era exactamente lo que la había llevado hasta mí de manera tan precipitada.

«Verá Ilsa…, tengo una relación sentimental con un hombre invisible, él me ama profundamente y yo a él también. Desde hace unos cuantos y desesperados días que no sé nada de mi amante. No le he vuelto a ver…, ¡debe encontrarlo!  ¡Tal vez algo monstruoso le haya ocurrido y necesite ayuda! ¡¡Le suplico que lo encuentre, no puedo vivir con esta incertidumbre…!!»

Me quedé en silencio y con unas ganas estruendosas de aplaudir. ¡Aquella había sido una actuación magistral! Con calma, con la misma calma que el paso del tiempo te regala a lo largo de la vida y que yo recogí muy agradecida, con aquella calma, le sonreí.

«Apreciada Greta, a pesar de la invisibilidad de su amante, ¿podría hacerme una invisible descripción de dicho hombre?», le pregunté de manera irónica tras tragarme otro trago de wiski.

«¡Ah! ¡Oh!, pues verá… ¿cómo le diría yo…?», me respondió con un titubeo intencionado mientras agrandaba sus redondos ojos azules y continuó rizando aquel relato inventado: «Verá… -volvió a repetir- es difícil de creer, lo sé…», entonces la interrumpí: «no, no es difícil de creer, yo lo creo todo porque a lo largo de la vida siempre aparece un amante invisible… Yo la creo», le dije aquella patraña aguantándome la risa para que se tranquilizara y prosiguiera.

«¡Estaba segura que usted me creería! Ilsa, este hombre es muy corpulento y profundamente varonil. Pero sus besos son exquisitamente delicados… Sus abrazos, envueltos de suaves plumas angelicales, te elevan a la felicidad sincera…. Su rostro no puedo verlo, pero… ¡qué me importa eso cuando su esencia es pura! A veces, me susurra al oído, son susurros de amor… ¡¡Y ahora ha desaparecido!!», se puso a llorar sin que le resbalara, por su mejilla, ninguna lágrima sincera mirándome con maldad, a través de aquella redecilla que le enredaba la mirada.

Continuará…