El invisible hombre de Berlin (II)
Salí del local, nuevamente, entre empujones y pisoteando las cabezotas de aquel hormiguero humano, que, como un enjambre peligroso y tumultuoso, iban arrojándose a contracorriente hacia el interior de aquella puerta roja y dorada del Hans Vaterland, la cual parecía una enorme bocaza que iba tragando todo aquello que se introdujera en sus profundidades. Pero yo no desistí, y sin perder de vista aquel sujeto, me lancé sobre él como una gata a la caza del miserable ratón.
Por el impacto, ambos caímos al suelo y, entonces, apareció de la intensa oscuridad un siniestro Trabant de color inespecífico. De su interior salió un gigantesco gánster que me cogió en volandas y me introdujo en el interior del automóvil. El hombre de la flor verde también se embutió dentro del coche y yo me quedé inmovilizada entre aquellos dos matones; uno sonreía y el otro gesticulaba con una mirada asesina. Lo más aciago fue observar con asombro sombrío que aquel Trabant era conducido por una mujer muy bajita de corta melena cuadrada que apenas llegaba a los pedales y que me observaba a través del retrovisor con cuchilla mirada entre aquellos lentes de gruesos cristales.
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Yo, que me había visto en situaciones mucho más enigmáticas, aparenté una calma confusa, tal vez, algo nerviosa. Pero a mí, lo que realmente me mantenía con las venas enérgicas, era aquel tipo de situaciones en las que no sabes que destino han ejecutado para ti.
Desvié un tanto la mirada para saber por dónde transitaba el Trabant que conducía aquel ser bajito al que se le había olvidado poner las luces, o tal vez fuese un acto intencionado para pasar inadvertido. Fuere como fuere, me llamó la atención que la dirección que aquellos gánsteres habían elegido era el camino hacía mi domicilio. En aquel instante se me pasaron por la cabeza un sinfín de siniestras opciones que podían esperarme e intenté elaborar un plan de huida rápida para sorprenderles y poder escapar, pero sin darme tiempo a nada, el automóvil se detuvo en frente de la elegante puerta de mi casa y, entonces, noté una real coz sobre mis posaderas lanzándome de forma violenta fuera del interior de aquel coche estrellándome contra el suelo. Entonces, los gánsteres, la mujer siniestra y el coche, desaparecieron. |
No entendía nada… Con la sobre respiración cabalgando alocadamente dentro de mi pecho me puse en pie ejerciendo movimientos borrachos y, entonces, enfocando mis ojos a punto de saltar de mi cabeza intentando focalizar aquella diminuta cerradura, logré abrir la puerta y subí las escaleras arrastrándome sobre ellas para entrar en mi apartamento.
Era de esperar que la controladora de Frieda, mi asistente, apareciera como un espectro plantándose en frente de mí.
«Mein GOTT, was ist mit ihm geschehen?», me dijo asombrada como si fuese la primera vez que me hubiese visto en un lamentable estado.
«Mi estúpida y cotilla Frieda… ¡¡Qué crees que ha podido pasarme!!», le respondí mientras iba en busca de un wiski cuando, de repente, me dijo: «tiene una visita, se trata de una dama aristocrática y dice que es muy urgente.»
«Siempre pensé que dentro de tu cerebro había alguna neurona en mal estado… ¿¡a estas horas de la noche, tú crees que estoy para visitas!?, le increpé.
Mientras mantenía aquella desquiciante discusión con Frieda, apareció una mujer rubia elegantemente vestida con un vestido largo de raso, una estola de piel y una redecilla negra que enredaba la mirada.
«Guten abend, fräulein Ilsa», me saludó con una contorneada sonrisa y añadió: «me satisface comprobar que mis hombres la encontraran y la trajeran a casa. ¿Supongo que el trato ha debido ser exquisito?»
La miré con turbo desconcierto.
Continuará…
