El invisible hombre de Berlín (I)

28/01/2026 Desactivado Por Anna Val

Me llamo Ilsa Puc Estrasen y soy detective privada. Vivo arriesgadamente en esta fantasmal ciudad de Berlín y mi trabajo consiste en espiar al ser humano para resolver sus miserias más ocultas y oscuras.

Hacía ya algunos días que la niebla se había instalado dentro de mi apartamento negándose a abandonarme. Desde hacía semanas que no había recibido ningún nuevo caso que fuese de mi interés y, además, debía sostener dentro de un vaso lleno de wiski, el aburrimiento y el abatimiento, los cuales se entremezclaban entre sí. Pero nada dispersaba la densa bruma que se apoderaba de mi espacio… Y, por si eso no fuera poco, además, debía soportar a la impertinente y fea de Frieda, mi asistente.

Ante aquel panorama tan desolador, llamé a mi incondicional amiga Marlene Dietrich para sosegar el prolongado agotamiento mental que violentaba mis sentimientos. En aquel instante, un impulso nervioso quiso que le propusiera a la Dietrich encontrarnos en el cabaret Hans Vaterland para pasar la velada con el cantante Max Raabe y la Palast orquesta.

La Dietrich aceptó sin pensarlo e, Imaginé, que, desde el otro lado del teléfono sonreía mientras deslizaba su poderosa y ardiente caída de ojos, sosteniendo, entre sus labios, un cigarrillo extremadamente largo.

El ímpetu empujó virulentamente mi ánimo, estimulando mi paso hacía mi habitación en la que me vestí de gala con mi negro fraque, zapatos de charol y chistera de seda negra.

Pinté mis ojos de noche oscura y unté mis labios de rojo muy rouge.

El espejo, en el cual se reflejaba mi figura, admitió sentirse gratamente sorprendido por lo que en él se irradiaba… ¡¡Belleza!!

Sin más esperas baje las escaleras, indicándole, a grito salvaje, a Frieda que si debía comunicarme algo interesante me buscara en el Hans Vaterland. Cerré la puerta de forma sonora y me dejé llevar, hacia mi destino, envuelta en intensa adrenalina.

Al llegar, el cabaret estaba abarrotado de una variopinta fauna humana entre la que me hice paso entre empujones y abrazos no deseados. Ya, en su interior, Brigitta, la camarera, me cogió del brazo a la vez que me susurraba en el oído: «sigue al hombre de la flor verde.»  Yo, sin entender nada, me di cuenta que Marlene se encontraba en una mesa acompañada por tres hombres y, ella, levantando el brazo, me hacía señas para que me reuniera con ellos. Pero Brigitta, nuevamente, me volvió a interrumpir: «sigue al hombre de la flor verde.» Me giré airada para increpar a Brigitta por su insistente y desquiciante mensaje cuando me di cuenta, que al final de la barra, en una esquina, se encontraba un desconocido que portaba en su solapa una flor de color verde, el cual me miraba con sonrisa socarrona y mirada malvada.

Continuará…